Hace algunos años cruzamos en auto desde Santiago a Mendoza, una ruta por la cordillera de Los Andes que no tiene nada de excepcional. Pero esa vez íbamos en un Caterham Seven, un auto simple, casi primitivo, que evoca los viejos autos de carrera.
Sin techo, sin radio, casi sin puertas, obviamente sin aire acondicionado y con muy pocas comodidades modernas. Lo que teníamos era motivación, un termo con café y un fiel reloj que nos recordaba que no teníamos apuro.
No hacía falta nada más.
Caffe Corsa nace de esa idea. De los años 60 y 70, cuando correr era también un acto de estilo. Cuando un reloj se leía en la muñeca de un piloto y un café se tomaba antes de la partida, sin prisa.
Por eso estamos aquí.


Casi por casualidad nos encontramos con una historia, una leyenda, o quizás una mentira.

En un pueblo de Italia, cercano al circuito de Monza, había un pequeño taller de autos de carrera y, junto a él, una cafetería. Lo especial de ese lugar era el encuentro simple y desinteresado de pilotos, mecánicos y gente común que, después de correr contra el cronógrafo en el circuito, aquí, con un café, no tenían prisa.
De ese Caffè y ese taller de auto da corsa, nace nuestro nombre.